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El sueño de Starnesville o la inmoralidad del socialismo

on Wed, 2013-01-30 08:57
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Cuando los hermanos Starnes iniciaron su utopía en la Twentieth Century Motor Company de Starnesville, parecía que, por fin, el hombre sería capaz de alcanzar una sociedad superior a sí mismo. El principio proclamado fue “a cada cual según su necesidad, de cada cual según su capacidad”, tal vez el principio más noble que la humanidad podía evocar y que se alcanzaría a través de la redistribución socialista. Pero la comuna de Starnesville empezó a decaer al poco tiempo. No solo las autoridades, encargadas de la nueva redistribución, empezaron a realizar actos de corrupción. Algo más sucedía en la empresa. Se generó una especie de degradación moral de los individuos. El celo, la envidia y hasta el odio eran los móviles del día a día. Cada cual velaba por su botín dentro de la repartición de miseria de los Starnes. Poco a poco todos abandonaron el sueño, demostrando una vez más que el hombre no era capaz de tan noble forma de vivir, y dejando al pueblo en ruinas.

Sí, ésta es una historia de ficción que narra la fatídica caída de un sueño socialista. (Rand, 1996, 607-618)

Asistimos a una era en que los filósofos e intelectuales se miran a las caras desconcertados. Ven con frustración cómo el egoísmo del hombre no le permite organizarse en una sociedad utópica. Los humanos no pueden alcanzar un nivel de nobleza que los haga dignos de ejecutar a plenitud una agenda socialista basada en la moralidad de la redistribución. Sus vicios y conflictos son la causa del deterioro no sólo económico, sino también espiritual que se narra en la caída de la Twentieth Century. Corrupción, mentira y confrontación son el triste final de todo noble emprendimiento en este sentido. Pero, ¿es esto algo malo? ¿Es el hombre naturalmente malvado e incapaz de alcanzar esta máxima moral? ¿O es acaso el poco entendimiento de la naturaleza humana y el arbitrario enunciar de una moral equivocada lo que ha llevado a estas conclusiones?

Ningún principio es un valor moral en sí mismo, sino que debe ser valorado en relación a un fin. Entonces, ¿bajo qué parámetros se mide el ideal redistributivo como una ideal moral? Para Marx, el padre del socialismo científico, la respuesta no admitía cuestión, pues a través del materialismo dialéctico, él alega haber descubierto el fin al que nos lleva la historia y cómo estamos determinados por los medios de producción y la lucha de clases. En el mundo capitalista los medios son controlados por la burguesía, que somete al proletariado. La única forma de acabar con esto era instaurando un nuevo sistema de producción. (Mises, 2006a, 5) Bajo estas líneas, Marx convirtió lo aparentemente deseable del principio redistributivo en un imperativo moral. A partir de él, y en mayor o menor medida, todos los pensadores socialistas se defienden bajo el mismo esquema: el Socialismo es necesario para eliminar el abuso de clases que de otra manera sería inevitable.

Pero los socialistas quedan cortos de entendimiento, pues el hombre no es un ente sin una naturaleza específica y, por tanto, no puede estar sujeto a vivir en una sociedad diseñada. El hombre actúa a través de la razón y esta facultad debe ser entendida como el medio para su subsistencia. Es a través de la razón, a diferencia del animal, que descubre que los bienes necesarios para su subsistencia no existen, sino que deben ser fabricados. (Peikoff, 1993, 194) La propiedad privada no es más que un corolario de lo anterior, pues si el hombre debe producir los bienes que necesita para vivir, por ley de causalidad, debe poder disfrutar de ellos, de lo contrario no los produciría. (Reisman, 1998, 19-20) La no producción de bienes lleva a la pobreza y, eventualmente, a la extinción de la raza. Si la vida debe ser el fin perseguido por todo organismo vivo, pues no es automática y debe mantenerse, se entiende que la propiedad, en relación a ella, es un valor. La redistribución, que no es más que el desconocimiento de la propiedad privada, es un anti-valor que eventualmente destruye la vida humana.

Las consecuencias de la aceptación de la naturaleza racional del hombre se pueden constatar en el desarrollo económico actual, a pesar de los esfuerzos socialistas por evitarlo. La sociedad moderna, sobre todo los pobres, depende de la división del trabajo para que la mayor cantidad de bienes sea producida a menor costo. Ésta presupone la propiedad privada, y sin ella es imposible su existencia. (Reisman, 1998, 135-136) En el capitalismo, además, es el consumidor, en su mayoría población media y baja, el soberano, que con su demanda elige qué se debe producir. (Mises, 2006b, 1) No existe un enfrentamiento de clases ni un perjuicio a los pobres, sino un beneficio social neto, contrario a lo que los socialistas buscan hacernos creer. (Mises, 2006b, 28)

El capitalismo no tiene en su raíz más que la aceptación filosófica de la moral racional y el conocimiento de la naturaleza humana. No es moral porque ofrece una mejor sociedad, sino que la ofrece justamente porque es el único sistema moral. El socialismo, además de pobreza económica, trae pobreza espiritual, justamente por su desconocimiento del hombre y su esencia. Y es así que los intelectuales se enfrentan con la realidad cuando por fin comprenden que no es el hombre quien no es digno para el socialismo, sino que el socialismo no es digno para el hombre. Es esta indignidad la que corrompe el alma, queriéndolo hacer vivir en un orden moral que no le es natural.

Se documenta que la hambruna del 32-33 en la Unión Soviética, causada por la expropiación socialista de la producción agrícola, tuvo extrañas respuestas por parte de los agricultores. Los ciudadanos optaron por el robo para evitar que el régimen tome lo que ellos habían producido. La respuesta socialista fue la fuerza y la sanción para implementar su plan agrario. La consecuencia de todo el control estatal por una mejor redistribución fue más enfrentamientos entre ciudadanos, cada uno valiéndose de cualquier medio para conservar lo que consideraban suyo (Courtois et al., 1998, 186-187). El cuento de la Twentieth Century Motor Company ya no  suena tan ficticio.

Bibliografía:

Courtois, S., Werth, N., Panné, J.-L., Paczkowski, A., Bartosek, K., & Margolin, J.-L. (1998). El Libro Negro del Comunismo. Barcelona: Editorial Planeta.
Marx, K. (1973). El Capital. (P. Lafarge, Trans.). México D.F.: Editores Mexicanos Unidos.
Mises, von, L. (2006a). Marxism Unmasked. (B. B. Greaves, Ed.). New York: Foundation for Economic Education.
Mises, von, L. (2006b). The Anti-capitalistic Mentality. (B. B. Greaves, Ed.). Indianapolis: Liberty Fund.
Peikoff, L. (1993). Objectivism: The Philosophy of Ayn Rand. New York: Meridian.
Rand, A. (1996). Atlas Shrugged. New York: Signet.
Reisman, G. (1998). Capitalism. Ottawa: Jameson Books.

Publicado originalmente en la revista "The Panchonomist" del club de economía de la USFQ en enero de 2013

Comments

mauromazza's picture

la introducción al articulo es pesima... o sea que el socialismo no funciona porque hay corrupción y envidia ? (..) empezaron a realizar actos de corrupción. Algo más sucedía en la empresa. Se generó una especie de degradación moral de los individuos. El celo, la envidia y hasta el odio eran los móviles del día a día (...)

entiendo que despues lo arreglas, pero así no podes empezar un articulo que trata de levantar lo anti-etico de ese tipo de organización, que lejos está de la subjetividad de la moral, sino de la interacción social. Lo que llamas envidia, celos, rencor es en realidad impotencia, hartazgo, abuso, represión.

así no se levanta gente nueva, si es para la comuna libertaria ya anarcocapitalista, gracias por el dato del pueblito este, no lo conocía, pero no me dice nada nuevo.

tas wanita's picture

It drove me crazy..

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