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¿Es el P.I.B. un buen indicador de la situación económica de un país? Parte 1

on Mon, 2010-11-08 23:19

Por Juan Fernando Carpio, M.E.E.

USFQ

 

Desde que los llamados Economistas “Clásicos” empezaron a pensar en función de agregados, la ciencia económica ha tenido que lidiar con la necesidad de alcanzar algo que asemeje -con cierta precisión- a una forma de contabilidad nacional. Sin embargo el Producto Interno Bruto adolece de faltas tan graves además de elementales, que es necesario remplazarle cuanto antes por conceptos alternativos que sí recojan las mejores nociones económicas previas y posteriores a su aparición. Es el objetivo de este artículo demostrar que el P.I.B. es el fruto de falacias económicas típicamente keynesianas, y que los sólidos postulados de autores precursores y posteriores a la llamada Revolución Marginalista, nos proveen de una base superior para un método de Contabilidad Nacional auténticamente compatible con la realidad de un país en cualquier momento determinado.

 

 

Progreso y retroceso en la Economía

 

Existe en la Economía (ciencia económica) una tendencia a pensar que el progreso de la ciencia es secular y que el trabajo de un pensador “incluye” y/o supera al de los anteriores. Esto se conoce como Teoría Whig de la Ciencia. Esta idea es una tomada de las ciencias físicas, donde esto es en buena medida cierto.

 

En realidad la Economía, como señalara en su momento Henry Hazlitt, es una disciplina plagada por sofismas, falacias y pensamientos incompletos disfrazados todos ellos 

como verdades técnicas. Este tema en sí mismo es merecedor de un artículo propio, pero me limitaré a señalar que mucho de lo que hoy en día se enseña en las pizarras de colegios y universidades en todo el mundo, ha sido en su momento refutado pero más que el rigor pueden a veces las agendas políticas, el conformismo o el simple desconocimiento de ideas y escuelas rivales.

 

Dicho esto, procederé al ineludible repaso de conceptos fundamentales que nos permitan discernir la validez del P.I.B. como medida vs. sus alternativas.

 

Valor, precio y costo en tradiciones económicas rivales

 

 

Las discusiones sobre el valor (¿por qué los diamantes son más valiosos que el pan, cuando aquél es imprescindible para la vida humana?) han tomado varias generaciones de economistas pues la respuesta no sólo era un punto de llegada (al implicar elementos científicos y meta-científicos) sino también de partida, ya que permitiría estudiar fenómenos complejos en la economía.

El primer economista de la historia, Hesiodo, que vivia una comunidad griega agraria, autosuficiente y por ende pobrísima llamada Ascra ya encontró una inevitable tensión entre la disponibilidad de  recursos y la infinidad de proyectos y apetencias humanos[1]. Su contemporáneo, Demócrito, planteaba ya la subjetividad subyacente al valor económico de los bienes. Desde entonces la discusión sobre lo que vuelve valiosos a dichos bienes pero también a los proyectos como canalizadores de la acción humana, ha pasado por varias etapas ciertamente irreconciiables.

 

No mucho después el más grande filósofo de la historia, Aristóteles, introduciría un error lamentable que sigue siendo repetido por legos y expertos en Economía en muchas partes: la idea de que para que ocurra un intercambio, ambas partes debían considerar de “igual valor”[2] los bienes respectivos.

Por otro lado el propio Aristóteles nos sugiere una seminal teoría de la imputación (cómo ciertos bienes le otorgan valor a otros en la cadena productiva). Nos dice Murray Rothbard que el filósofo llega claramente a observar que  “The greater the desirability, or subjective value, of a good, the greater the desirability, or value of the means to arrive at that product.“

 

En términos generales, entonces podemos decir que desde los griegos, pasando por los escolásticos tardios de Salamanca hasta llegar a la posterior tradición continental europea (Cantillon, Say, Bastiat, Molinari, los Economistes), el valor fue siempre un fenómento subjetivo en su origen. Es decir, son los seres humanos quienes valoran o no los objetos materiales o acciones de los demás como “bienes”[3].

En este breve repaso de conceptos fundamentales, es preciso señalar el peligroso o directamente dañino rol que jugaron los llamados “clásicos” de las islas británicas, que incluyen a James Mill, David Ricardo, John Stuart Mill y al mal llamado padre de la Economía, el escocés Adam Smith. Sugerían los “clásicos” que el valor estaba estrechamente ligado al costo de producción. Y además, debido a su costumbre de pensar en agregados (globalidades), se empantanaron en aparentes dilemas como el de la llamada Paradoja del Valor (los diamantes vs. los panes antes mencionados), provocandole a la Economía un estancamiento de al menos 100 años[4].

 

Dicho estancamiento duraría hasta la llegada de los Marginalistas (Walras, Jevons y Menger), un francés, inglés y austriaco respectivamente. Entre 1870 y 1871 y sin haberse puesto de acuerdo, estos tres economistas resuelven de manera satisfactoria la aparente Paradoja del Valor, al proponernos que el problema mismo era el pensar en términos de agregados. El valor claramente dependía no sólo de la escasez o abundancia de un bien, sino de la situación particular en que el sujeto actuante (de ahí que se le llame Teoría Subjetiva del Valor) podía disponer de unidades de dicho bien. Es la utilidad del bien, en cada contexto (tiempo y espacio) lo que hará más o menos valioso al mismo, según la escala de valoración (planes alternativos) del actor y que inevitablemente armoniza en dicha valoración, sus preferencias subjetivas con la escasez/abundancia objetiva. Nunca elegimos entre todos los diamantes y todos los panes, sino entre un diamante o un puñado y un pan o un puñado. En casi cualquier contexto, el diamante será más escaso y valioso que el pan, más abundantemente disponible.

 

Por otro lado el precio no “mide” el valor (como sí sugieren los textos Neoclásicos tan comunes en casi todas las universidades a nivel mundial con sus curvas de indiferencia y otras comparaciones intersubjetivas de utilidad). El valor, como ya podemos observar, es ordinal en su manejo y no cardinal. Lo que puede decirse a lo sumo, es que el precio (la tasa de intercambio pasada entre dos cantidades de bienes) refleja el valor. Esto es así porque cuando los intercambios no son forzosos sino voluntarios (no el pago de impuestos sino el comercio, digamos) ambas partes deben necesariamente haber considerado el bien que obtendrán (y que el otro tiene) de mayor valor que aquel del cual están a punto de desprenderse. Es decir, el comercio tiene como fundamento la existencia de una doble desigualdad, no como sugería Aristóteles, de una equivalencia. El valor, en suma, es mayor al precio pues todo acto humano, tiene por propósito pasar a una situación más satisfactoria a los ojos del actor.

 

Desde luego hay que mencionar, como una mera aberración, la teoría del valor-trabajo de los Marxistas, que desconoce al consumidor como origen y destino del proceso productivo, imputando mediante sus compras o abstinencias, de valor y por tanto, de precio, a los bienes de producción[5].

 

Finalmente, cabe decir que los costos son entonces de dos tipos: subjetivos y monetarios. El costo de oportunidad (la alternativa sacrificada cuando elegimos algo más) es subjetivo y sirve para hacer comparaciones contrafactuales (lo que no sucedió, lo que podria suceder) mientras que los costos monetarios son costos “reales” en el sentido de que implican el uso concreto de tiempo, energía y recursos para producir un bien. Es decir que en cualquier economía más avanzada que una basada en el trueque, vamos a calcular dinero y no “en especie”, nuestros costos concretos. Pero ya que el costo no es sino otra cosa que el precio al que alguien más nos vende sus servicios laborales, la energía para nuestras máquinas y equipos o los insumos para ser transformados en algo más, podemos ver con total claridad que un costo no es nada más que el precio pagado para obtener las partes con miras a producir un nuevo todo, en la cadena de valor. Los precios de los bienes son influidos fuertemente por los costos[6] (¿se puede o no masificar su uso?) dependiendo de si son reproducibles (automóviles, iPods) o no-reproducibles (un Picasso, una reliquia familiar).

 

Como podemos ver, la relación entre valor, precio y costo, tiene implicaciones monumentales para la comprensión de los fenómenos “micro” y “macro” de la Economía.

 

Ahorro, inversión y capital en las tradiciones económicas rivales

 

La preferencia temporal es un concepto indispensable a la hora de entender el ahorro y su rol en una economía. Ya Demócrito señalo en su tiempo que "it is not sure whether the young man will ever attain old age; hence, the good on hand is superior to the one still to come.", es decir que ante un futuro incierto, los bienes presentes son más valorados que los bienes futuros. Y el bien que sirve como reserva e intermediario entre los bienes presentes pero también entre aquellos y los bienes futuros, es el dinero. La acumulación de dinero en forma de balance de efectivo (“en el bolsillo”), en una cuenta bancaria o simplemente enterrado en algún lugar, permite a su propietario contar con un fondo para su posterior utilización. Dicha utilización, como la de cualquier bien, puede ser de dos clases[7]: de consumo o productiva. Si ahorramos (sacrificamos consumo presente) y organizamos un banquete familiar, el ahorro habrá servido para un consumo que consideramos mejor. Si ahorramos y hacemos inversiones (directamente o a través de alguien), estaremos generando capital[8]. El capital no es sino riqueza destinada a la creación/sostenimiento de riqueza.

 

Como podemos ver, la riqueza futura de un país depende de su grado de capitalización (es decir, cuántos de sus recursos se destinan a la inversión y no al consumo inmediato), y aquél es absolutamente dependiente del ahorro generado localmente u obtenido del exterior. Gran parte del valor del dinero viene de su utilidad inter-temporal: sirve para ahorrar. Sirve, en otras palabras, para crear riqueza futura. Es por esto que las sociedades y empresas con mayores tasas de ahorro y re-inversión de las utilidades respectivamente, son las de mayor crecimiento cuando buscan el crecimiento internamente fundamentado.

 

Como podemos ver entonces, el ahorro y la subsecuente inversión son indispensables en la formación de capital (la formación y superación del aparato productivo) que a su vez condiciona la disponibilidad de riqueza futura (bienes culturales y materiales mejores y/o más baratos) en un país.

 

Lord Keynes vs. la Ley de Say

 

Un caso que demuestra la falsedad de la Teoría Whig de la Ciencia es la influencia que tuvo Lord John Maynard Keynes sobre los policy-makers del mundo entre los 1930's y los 1970's pero sobre todo el peso que sigue teniendo aún entre sus supuestos oponentes Neoclásicos. Keynes, al revivir las largamente superadas doctrinas mercantilistas (de cuando los reyes pedían consejo a los mercaderes grandes para intervenir la economía), coloca a la ciencia económica en una situación casi inverosímil. En vez de que los agregados y fenómenos globales (“macro”) sean la suma de acciones de los individuos, sus empresas, familias y organizaciones de toda índole, resultaba que se creaban dos esferas, la Micro en que las leyes de la realidad y la acción humana seguían imponiendole restricciones al ser humano, y la Macro, en que el Estado y los intelectuales/tecnócratas (operarios de lo que sería una gran maquinaría) debían hacer permanentes ajustes para evitar situaciones de estancamiento o retroceso de la economía de un país.

 

 

¿Cuál es el origen de esta supuesta solución -lo Macro- a un problema que el conjunto no diseñado de lo Micro, podía causar?

 

Observando la Gran Depresión, Lord Keynes plantea que es la economía libre (de mercado, capitalista, etc) la que es capaz de causarse a sí misma crisis por un conjunto de vicios propios del sector privado. En su visión, la trampa de liquidez (no hay dinero para gastar y “mover” la economía) era el resultado de un ahorro “excesivo”; la demanda agregada (total) de una economía podía ser insuficiente para mantener el pleno empleo; o en caso de crisis, era preferible hacer uso de la inflación monetaria en vez de permitir que los salarios bajen naturalmente, y demás diagnósticos y recetas fiscales y monetarias del economista “moderno”. Utilizar el gasto público aunque la deuda se dispare y utilizar la inflación aunque los actores se acostumbren y necesiten nuevas dosis mayores a dicho estimulante, son herencias claramente keynesianas, y se proponen rea-activar una economía o actuar contra-cíclicamente (supuestamente) cuando los (supuestamente a su vez) inevitables ciclos económicos nos coloquen en una recesión o depresión.

 

Sin embargo el núcleo del keynesianismo proviene de la noción de Keynes de que había refutado exitosamente la llamada Ley de Say de los mercados. Nada está más lejos de la verdad.

 

Keynes no llega a conocer la Ley de Say sino en una forma caricaturizada a través de sus mentores en Cambridge (A.C. Pigou, A. Marshall y otros). Nombrada en honor del 

economista francés Jean Baptiste Say y originalmente expresada por James Mill (mentor de Adam Smith y padre de J.S. Mill), puede ser expresada en su forma ordinaria como “la oferta crea su propia demanda”, y es sin lugar a dudas la ley macroeconómica más importante[9] que se puede encontrar. Como podemos advertir enseguida, dicha ley no puede referirse a un productor o persona en particular en el sentido de que “todo lo que uno produzca, se venderá en el mercado”. Existe el error empresarial y desde luego existen constantes desajustes y re-ajustes entre oferta y demanda en todas las industrias. A lo que sí se refiere la Ley de Say es al hecho de que la producción agregada genera al mismo tiempo (al crear riqueza pero también generar ganancias e interés) una capacidad de demanda igual y equivalente. Es decir que la oferta global es igual a la demanda global. Puede haber sobre o sub producción en una empresa o industria, pero ese error genera oportunidades y libera poder adquisitivo equivalente en las demás, por lo cual el todo siempre está balanceado.

 

 

¿Qué implicaciones tiene este divorcio teórico irreconciliable?

 

En el edificio conceptual keynesiano, los mercados (el sector privado) no se bastan a sí mismos para demandar el total de lo producido cada cierto tiempo. Es decir, que de vez en cuando habría -por una serie de factores que no es necesario detallar aquí[10]- un efecto de subconsumo o sobreproducción. En ese momento, los capitalistas detendrán su demanda de factores (tierra, trabajo y capital) dejando en el desempleo a millones de trabajadores y subutilizandose los recursos de toda índole en un territorio. Estas crísis podían ser incluso financieras en su origen (los “espíritus animales” de los especuladores) y era necesario “actuar” desde el Estado porque si bien en el mediano o largo plazo el mercado se re-ajustaría solo, “en el largo plazo todos estaremos muertos”, en palabras de Keynes. Incluso abrir zanjas y volverlas a cubrir era una labor preferible al desempleo: desde entonces esa muy keynesiana fijación con el “pleno empleo” como un fin en sí mismo.

 

Como señaló Henry Hazlitt, un buen economista es aquél que se fija en el efecto de una medida estatal o acontecimiento no sólo para un grupo sino para todos los grupos y no sólo en el corto sino también en el largo plazo.

 

Resulta que una Gran Depresión pudo ocurrir 10 años antes[11], pero precisamente porque Keynes (o sus coidearios Hoover/F.D.R.) aún no habían creado un recetario intervencionista basado en un diagnóstico errado, el mercado había hecho su trabajo. Los malos bancos quebraron o fueron absorbidos, las malas empresas quebraron y liberaron recursos humanos, terrenos y maquinaria para usos que sí creen riqueza para la sociedad. Este proceso de saneamiento, de liberación de recursos es connatural al mercado. La posibilidad de salvatajes genera riesgo moral a lo largo de todo el sistema económico y su concreción genera incentivos perversos al premiar a ineficientes a costa del poder adquisitivo de los más prudentes y eficientes. Pero más fundamentalmente, la Gran Depresión de los 1930's así como similares pánicos[12] (se vuelven depresiones gracias a la aparición de bancos centrales en cada país) fue causada por un incremento del crédito por encima del ahorro disponible en sociedad, mediante un descalce de plazos entre depósitos/ahorros y crédito disponible. Es decir que a un problema causado por malos comportamientos privados (y falta de supervisión adecuada) multiplicados o directamente generados por la inyección monetaria desde los bancos centrales, Keynes nos ofrecía una cura peor que la enfermedad. La inyección de circulante para “salvar” a la economía de una recesión en realidad posterga y profundiza la resolución de problemas causados por intervenciones previas del Estado sobre la economía. Buscar que los actores económicos “salgan a gastar” con la esperanza de que la demanda incrementada genere oferta, es una posición miope pues dicha demanda (consumo presente) vendrá a costa del ahorro, inversión y consumo futuros. Además, las distorsiones en el sistema de precios causan severas desconexiones en el proceso de imputación provocándose -ahí sí- sobreproducción y subconsumo. Poner la carreta de la demanda por delante del caballo de la oferta y confundir problemas con soluciones no puede traer sino consecuencias gravísimas para cualquier país.

 

Los problemas del P.I.B.

 

Habiendo vuelto explícitas las bases que conforman el keynesianismo, basta una mirada al P.I.B. y sus componentes para notar su incapacidad para expresar lo que pretende expresar.

 

P.I.B. = C + G + I + (X-M)

 

Producto Interno Bruto = Consumo + Gasto (Estatal) + Inversión + (Exportaciones - Importaciones)

 

a) La fórmula implica prácticamente sumar peras y manzanas.

b) La acumulación de dinero no implica mayor riqueza (bienestar).

c) La inversión y el consumo quieren sumarse al gasto público, como si no fueran magnitudes con relaciones causales (o contradictorias) entre sí.

d) El gasto público (incluyendo las empresas públicas y su intromisión) se compone de recursos sustraídos del sector privado, que hubieran estado al servicio del proceso económico en forma de consumo, inversión y comercio exterior precisamente. Difícilmente puede considerarse inversión; en la mayoría de los casos consumo forzoso. Pero éste último siempre causa una pérdida de bienestar social pues se hace a espaldas de la gran mayoría de implicados.

e) Por otra parte y como se mencionó antes, las exportaciones no son un activo del que deban restarse las importaciones. Ambas caras del comercio son auto equilibrantes y suficientes.

f) Además el P.I.B. está atado a los índices de precios al consumidor y a la cantidad de dinero en la economía. Cualquiera de los dos factores sería suficiente para desconfiar de su validez, pues son nominales y no siempre reflejan la situación subyacente y real.

g) El concepto del P.I.B. debe ponerse en duda por su imprecisión, y porque es un concepto contable más que cataláctico, es decir no lidia con la cooperación de mercado en su conjunto si no con sumas y restas de elementos desiguales frente al proceso económico. Pero el cálculo del P.I.B. es solamente una manifestación particular de la concepción (neo)mercantilista, siendo la miopía ante la existencia del individuo la raíz fundamental de esta última. Si se considera la acción colectiva como algo más que un concepto funcional para entender la suma de acciones individuales, el error seguirá plagando la ciencia económica.

 

Conclusiones

 

La ciencia económica ha tenido períodos de estancamiento e incluso severos retrocesos de mano de sus figuras más representativas. Las confusiones han plagado incluso nociones tan elementales como valor, precio y costo, llevando a problemas posteriores en la comprensión de fenómenos más complejos como el ahorro, la inversión y el capital. Si el P.I.B. es un concepto marcadamente keynesiano pero Lord Keynes, como se argumenta aquí, no logra refutar la Ley de Say de los mercados, entonces necesitamos un nuevo sistema de contabilidad nacional que sí tome en cuenta el rol irreemplazable de los ahorradores, los capitalistas y los entrepreneurs (término acuñado por Say, para más señas) en el proceso económico. En la siguiente entrega exploraremos las alternativas al P.I.B. que proponen por separado dos de los mejores economistas vivos: George Reisman y Jesús Huerta de Soto.



  1. [1]             He was therefore naturally attuned to the eternal problem of scarcity, of the niggardliness of resources as contrasted to the sweep of man's goals and desires.“. Economic Thought Before Adam Smith,Rothbard, Murray (2008)

[2]     Capítulo 5, Ética a Nicómaco, Aristóteles

  • [3]             Menger señala que hay cuatro condiciones para que algo sea un bien económico: 
  •                1.- La existencia de una necesidad
  •                2.- Propiedades que vuelvan a una cosa capaz de ser llevada a una relación casual con la satisfacción de dicha necesidad
  •                3.- Conocimiento humano de esta relación causal
  •                4.- Control sobre la cosa suficiente como para dirigirlo a la satisfacción de tal necesidad

[4]    Para ser justos, es preciso mencionar que el propio Adam Smith plantaba tangencialmente la solución al aparente dilema cuando mediante la distinción entre “valor de uso” y “valor de cambio” situaba al sujeto en el centro de la Economía. Lamentablemente ese y otros errores, como su lamentable discusión sobre el salario como forma originaria del ingreso, llevan eventualmente a la aparición del socialismo “científico” de la mano de Engels, Marx y su tradición.

[5]    Para entender cómo la teoría del valor, el rol de los precios y la contabilidad de costos forman una triada que si es malentendida llevará a desastres conceptuales como la idea de que es posible planificar centralmente una economía (es decir, la idea de que el “socialismo” es viable), es indispensable revisar “Economic Calculation in the Socialist Commonwealth” de Ludwig von Mises (1921) y Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial - 3ra Edi. del prof. Jesús Huerta de Soto (Madrid, 1996)

[6]    En este sentido hay un claro puente entre los llamados “clásicos” británicos y la Escuela Austriaca a través de Eugen von Böhm-Bawerk y George Reisman. Véase ”Value, Costs and Marginal Utility” del primero y Capitalism (1996) del segundo.

[7]    Este, por ejemplo, es uno de los claros aciertos de los “clásicos” británicos. Una sencilla forma de -situando al actor humano en el centro del ánalisis- clasificar los usos de un bien.

[8]    Reisman (1996)

[9]    Para una exposición correcta de la Ley de Say, vease el capítulo 13 de Capitalism de George Reisman, titulado “Productionism, Say's Law and Unemployment”.

[10]Se recomienda la lectura de The Failue of the 'New' Economics de Henry Hazlitt, una refutación punto a punto y en ocasiónes párrafo a párrafo a la Teoria General de J.M. Keynes

[11]Vease “The Forgotten Depression of 1920”, por Thomas Woods Jr. Ph.D., disponible en http://mises.org/daily/3788

[12]Vease “The Panic of 1819” de Murray N. Rothbard Ph.D. Disponible en http://mises.org/rothbard/panic1819.pdf

Comments

Alberto's picture

Pregunta, conoces a Solow, Jones, Romer, capos en crecimiento que algunas de sus teorias parten del PIB, y conoces a economistas de desarrollo como Debraj Ray, Abhijit Banerjee, etc que han demostrado empiricamente lo que filosofan aqui varias veces, se que este tipo de escuela no se llevan bien con la evidencia empirica, solo se basan en historia pero nunca en que sus pensadores usaron tecnicas para demostrar lo que predican.

misesec's picture

Creo que esta pequeña respuesta de uno de los teóricos de la escuela austriaca puede resolver tus dudas.

Durante su educación formal, ¿su opinión de la economía austriaca era, o debería ser, distinta del pensamiento neoclásico? ¿Cómo fue el proceso de dejar de ser apenas crítica para convertirse en un enfoque alternativo?

Hans Hermann Hoppe: Hasta la década de 1950, la mayoría de los economistas compartían la misma visión de Lionel Robbins acerca de la naturaleza de la economía. Robbins, quien había sido fuertemente influenciado por Mises, presentó en su famoso libro La naturaleza y significado de Ciencias Económicas (1932), la economía como una especie de lógica aplicada (la “praxeología” de Mises). El análisis económico debería basarse en algunas suposiciones simples y verdaderas evidentemente (axiomas) y llegar, a través de una deducción lógica, a varias conclusiones irrefutables (teoremas económicos).

Estas conclusiones o teoremas, a condición de que ningún error se hubiera cometido en el proceso de deducción, deben de ser lógicamente verdaderas, y sería un error si alguien quisiera “probar empíricamente” tales teoremas. (Nosotros tampoco probamos “empíricamente” verdades y argumentos lógicos, o incluso proposiciones matemáticas. Por ejemplo, no probamos empíricamente la ley de Pitágoras; podemos probarla deductivamente. Y el que quiera “probarla” empíricamente, midiendo ángulos y longitudes, no será considerado “científico”, sino alguien totalmente confundido). Hoy en día, sólo los austriacos todavía defienden este punto de vista (correcto) de la economía como una lógica aplicada.

Desde la década de 1950, debido en gran parte a la influencia de Milton Friedman, la mayoría de los economistas comenzaron a adoptar la visión “positivista” de que la economía debe tratar de emular los métodos utilizados en la física. Como resultado, la economía moderna fue transformada en unas simples matemáticas de bajo nivel, carente de cualquier significado empírico y de cualquier aplicación práctica. Los economistas de hoy en día se limitan a hacer dos cosas, ambas una pérdida de tiempo total: construir y probar “modelos” para (en la mejor de las hipótesis) probar lo que ya es obvio para cualquier ser humano mínimamente inteligente -como el hecho de que el el agua corre hacia abajo- y demostrar por medios empíricos lo que se puede comprobar a través de la lógica (como confirmar la ley de Pitágoras empíricamente).

Sin embargo, en muchos casos, y con los mismos métodos, ellos también se esfuerzan por “demostrar” empíricamente que, en algunos casos, el agua puede subir y la ley de Pitágoras puede que ya no sea válida. Esto sucede cuando los economistas defienden, por ejemplo, los controles de precios para combatir la hambruna o el aumento del gasto público para combatir la recesión, siempre bajo el argumento de que “esta vez será diferente”. Y nunca lo es. En resumen, la economía convencional moderna se encuentra en una situación de desastre total.

Cuando empecé a estudiar economía, me enseñaron una metodología positivista. Sin embargo, desde el principio, nunca me convenció. La ley de la utilidad marginal, o la teoría cuantitativa del dinero, o la afirmación de que un aumento en el salario mínimo de 1000 dólares cada daría lugar a un desempleo masivo no parecían ser suposiciones cuestionables que necesitaran algún tipo de prueba empírica, sino obvias verdades lógicas. Me tomó un tiempo darme cuenta de que este era en realidad el punto de vista clásico, más explícitamente defendido por Robbins y Mises. El descubrimiento de Mises y Robbins, por lo tanto, fue un gran alivio para mí intelectualmente, y eso es lo que me hizo tomar (y estudiar) la economía en serio.

La actual economía convencional, llamada mainstream, es totalmente irrelevante. Peor aún: está siempre abierta a la peligrosa idea de la experimentación y de la ingeniería social (¿qué otra forma hay para probar hipótesis?), una verdadera tentación para los políticos populistas. Por eso, el Estado intervencionista moderno se muestra siempre plenamente dispuesto a financiar toda una serie de economistas. El estado sabe que ellos crearán justificaciones para cualquier programa de intervención. Por otra parte, la economía austriaca no es de gran importancia práctica, y también se opone rigurosamente a cualquier tipo de intervencionismo por ser contraproducente. No es de extrañar, pues, que la Escuela Austríaca no reciba ninguna ayuda o apoyo financiero.

Sin embargo, soy optimista sobre el futuro de la economía convencional: creo que va a desaparecer por propia irrelevancia (los artículos académicos publicados en famosos periódicos prácticamente no tienen lectores) y será desplazada por la Escuela Austriaca. Una buena indicación de esto es la proliferación espontánea de Institutos Mises en todo el mundo, los cuales tienen más lectores que cualquier web de economía convencional.

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